Entre 1978 y 1982, Fernando Vidal vivió en España. Decir que allí empezó de cero, sería arriesgado pues salió de Colombia siendo ya un director teatral consolidado. Sin embargo, las nuevas tierras traen consigo otros climas y nuevas posibilidades de entretejerse en los caminos de la incertidumbre.
- ¿Qué lo motivó a irse de Colombia?
Durante tres años fui docente universitario, tenía oficina y hacía teatro, pero no se puede ser profesional atendiendo tantos frentes. Por eso, me separé en mi primer matrimonio, renuncié a la universidad, a la oficina y me fui a la Real Escuela Superior de Arte Dramático, en España.
- ¿Qué pasó con su vida, en España?
Me inscribí a un taller para actores profesionales, de José Monleón, Él tenía un centro de investigación e invitaba a todo el mundo a dar clases allí. Recuerdo que montamos Herr Puntila y su criado Matti, de Brecht.
También estudié expresión corporal con Marta Schinca, estuve en el grupo de investigación Urogallo de Santiago Trancón y luego tuve la fortuna de dirigir un grupo juvenil en Santacoloma de Gramanet en Cataluña, que es una especie de Envigado, pero de Barcelona.
- ¿Cómo llegó a ser director allí?
En ese entonces los catalanes no querían dirigir en castellano y por eso me invitaron, pues estaba dispuesto a hacerlo en mi idioma. Además, ocurría algo llamado pasotismo, que es dejar hacer y dejar pasar, un desinterés de la juventud, como el de hoy en día.
Un sacerdote era rector y alcalde de Santacoloma y me dio recursos y financiación para el grupo Teatro Independiente de la Luna. Todo fue por el montaje que hice de La cabeza del dragón de Valle inclán, con música de tangerie dream, rock sinfónico y música medieval. El dragón era un chico karateca, las coreografía eran de danza contemporánea. Todo eso causó conmoción.
Antes de la obra hacíamos un pasacalles con los actores y gitanos interpretando música por la ciudad. Era la búsqueda de un teatro que lograra un contacto total con el público y que se acomodara a cada sitio.
- ¿Por qué regresó a Colombia?
Viví en España y me fue muy bien, pero vi la posibilidad de lo que podría hacer aquí y supe que me sentiría más a gusto en Colombia, aun con todas las dificultades. Creo que finalmente el tema de la identidad se trata de cómo uno puede conocerse trabajando lo propio.
- ¿Después de recorrer tantos textos y escenarios, es posible aún el fracaso?
Yo he tenido obras que lo han sido y me han enseñado mucho. En cambio otras hechas con motivos académicos o externos han tenido éxito inusitado como Momo, de Michael Ende. Logré una recreación que logró presentarse en el Festival Nacional de Teatro, el Iberamericano, el de Manizales y en Señal Colombia. También se ha montado en México y hasta en Chile.
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Dos detalles de Oc ye neshca
A continuación relata un par de anécdotas alrededor de la obra.
- ¿Haber dirigido 70 obras cambia el panorama ante un nuevo montaje como Oc ye neshca?
Creo que cada que uno aborda un nuevo proceso recoge mucho de su experiencia, pero también se siente uno un poco indefenso, porque uno no se puede saltar las etapas. Por ejemplo, Oc ye neshca es un texto dramático que no tiene personajes sino diálogos con guiones, un texto poroso que había que descifrar. El trabajo de desciframiento y exploración fue mayor que el de montaje.
Durante cinco meses estuve con la asistente de dirección y un equipo de actores para experimentar, trabajar con el músico y darles sentido a algunas escenas, para así dar consistencia al montaje. La experiencia da herramienta pero no seguridad. Uno oscila entre la experiencia y el riesgo.
- ¿De dónde surgió el personaje de la muerte en Oc ye neshca?
En la cultura mejicana, La Catrina es una personificación de la muerte que fue adquiriendo dimensiones sagradas. Un pintor la llamó así y se convirtió en un emblema. Incluso hay una religión profana con ritos a La Catrina.
Recuerdo que pasó por Cali una indígena mejicana llamada ‘La abuela Margarita’ y hablaba de su diálogo permanente con su hija muerta y se consideraba amiga de los elementos. Me dijo que quería morir como su maestro, al que buscó en una montaña donde encontró pisadas que mostraban que él no había hecho más que bailar antes de morir.
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