jueves, 14 de julio de 2011

Método estándar para desperdiciar la literatura Parte III

Gran parte de mi vida la viví en los 90. Mis primeros 20 años fueron vertiginosos gracias a mi hiperactividad, mi avidez de leer y a estar sentenciado a ser el paje de mi hermana mayor. De hecho, en 1998 yo había desarrollado un método -aún infalible- para conquistar a cualquier mujer.

Lo había planteado como una de las joyas de la cofradía de Los Poetas Malditos, que habíamos creado en Manizales un amigo y yo, y a la cual pertenecieron personas que siempre llevaré conmigo en los altares de la admiración y con las que perfeccionamos y experimentamos tal estrategia.



Tan infalible era, que no nos quedó más remedio que separarnos del método, pues la belleza de la conquista y del encantamiento radica precisamente en el constante fantasma de fallar, de equivocarse, y en la ausencia de fórmulas. Por tan poderosas razones, abandonamos su práctica.



Sin embargo, desde esa bella lógica de las oposiciones descrita por Borges, comencé a abrir mis radares vampíricos a ciertas pautas para un ejercicio aparentemente inverso: el olvido.



Me encontré con dos grandes pilares para desarrollar sistemáticamente una metodología para olvidar después de haber amado. El primero lo tomé del maestro Silvio Sánchez Fajardo, quien alguna vez dijo: “Uno de los ejercicios más bellos de la memoria es el olvido. Pero uno lucha para ser inolvidable”.



El segundo pilar lo constituye una frase que mi mentor Pedro Zapata Pérez siempre nos insistió: “tiene que haber más amor en la partida que en la llegada”



Del primer pilar comprendí que la base del olvido paradójicamente era recordar, volver a traer al corazón ciertos episodios; leerlos en medio de la desconexión y la distancia; darles un nuevo sentido en el hoy y en el futuro, y llevarlos a un lugar más cercano a la memoria y más alejado del corazón. Todo esto, procurando que el proceso sea siempre bello.



Del segundo, inferí que el olvido es un camino que no debe ser dominado por el resentimiento. Que la receta no incluye sustancias tóxicas como el rencor o el odio. Por el contrario, requiere mucho cariño propio y un amor por el otro, distanciado. Además, que el proceso del olvido comienza cuando uno empieza a amar.



A las letras

Quizás en el 2002, en el grupo de Jornadas Juveniles Latinoamericanas decidimos continuar con una serie de foros que llamamos Parloteos y distrueques de palabras. El próximo tema sería el olvido y entonces comencé a mojar de tinta mis ideas y tejerlas en un texto coherente, compacto y revelador.



Precisamente yo estaba aplicando exitosamente el método para alejarme de una mujer que ya he dibujado en el segundo texto de esta trilogía. Esto me permitía escribir recetas probadas y muy frescas, en las que propuse un olvido alejado de esas circulares, recurrentes y escandalosas tusas, llenas de licor, falsos cambios y rencores.



Mi propuesta era la de un proceso amoroso, riguroso y sumamente aromatizado por dulces dolores, por claras fotografías del futuro y de uno mismo, por lecturas del otro que desde ya nos enamoran de quien está por venir.



Leerlo en público fue una delicia. Comencé hablando del amor, de cómo uno se inventaba al otro. Recordé que mi amiga Mariana siempre veía alguna posibilidad de belleza aún en las mujeres más ornitorrínquicas y era como si se las inventara también.



Después de los aplausos y un fuerte abrazo, Mariana me pidió una copia de la ponencia y me comprometí a entregársela. Qué alivio sentiría yo si le hubiera cumplido.



Sin embargo, la única copia física terminó en manos equivocadas. Se trataba de una chica con nombre de ruta de buseta manizaleña. No se llamaba Villapilar ni Sultana. Tenía un nombre más asociado a la Avenida Paralela y quizás a una virgen.



Era una escritora que habíamos escogido Mariana y yo, para protagonizar un documental sobre literatura. De ella no me quedó más que una fractura de nariz, en manos de su exnovio confundido, después de que mi mejor amigo hizo de la susodicha un festín y todo un aquelarre.



El archivo digital de la ponencia lo borró un técnico de la oficina de mi madre, durante unas vacaciones, al igual que decenas de mis textos que se hallaban en ese antiguo IBM, cómplice de mis conspiraciones alfabéticas y de mis delirios de deidad.



La pista de aquella virgen se perdió, quizás junto a sus virginidades. Mis recién revelados secretos para olvidar quedaron silenciados en las manos equivocadas.



A veces pienso que el propio olvido, al verse desnudo y descifrado, sopló aquel texto hasta un lugar bien lejos del recuerdo.


Aún así, me sigue siendo fácil olvidar, eso lo sé de memoria.

4 comentarios:

  1. Que bueno evocar momentos así en días como hoy!!!! Infinitas gracias!!!! Ya puedes sentirte libre de culpas, jajajaja!!!

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  3. Lo leí y recordé de El curioso caso de Benjamin Button, al señor que perdió a su hijo en la guerra y construyó un reloj que corría hacia atrás…Uno olvida para amar...

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  4. Interesante comentario Marg. Me recuerdas una frase del cuento Los Teólogos, de Borges: "Hay quien busca el amor de una mujer para olvidarse de ella, para no pensar más en ella". Lo tenaz es que es cierto y los hay. Pero más que vivir el amor desde el olvido, lo bello es lo contrario, eso de procurar ser inolvidable. Este año he tenido una gran lección al respecto, porque el verdadero acto de recordar (en toda su expresión) es quizás lo más amoroso que podemos hacer, porque cuando uno recuerda es como si uno rompiera cualquier tiempo y cualquier distancia.

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