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Maryx y yo, con el desenfoque de los viejos tiempos. |
"Nunca a un ser extraño le llamé mi familia”
Flor de Loto - Héroes del Silencio
En aquel entonces se trataba de una noche cualquiera. Su apartamento quedaba tres escalones antes que el tártaro, pero se parecía mucho al cielo. Mariana estaba de caza, mi mejor amigo era su presa y yo… quizás era su manada.
Ella parecía ser cualquier persona, como esas que le bordean a uno la mirada, como los que llenan un estadio, como los que están adentro de las ventanas a través de una larga avenida.
Luego, fuimos a cine, pero no es que hubiéramos salido juntos. Simplemente veíamos la clase de Cine I en el mismo grupo. Mariana aún parecía integrar la parte desenfocada de mi visión del mundo, el margen, el fondo lejano de la foto, lo no visto.
Como rubia que se respete, tenía un fuerte tono mimado en su voz, como si su sonido se hubiera estirado en el tiempo y se deformara hacia una agudeza dulcemente punzante, casi hasta lo insoportable.
Las bifurcaciones del tiempo nos dejaron un día a ambos en el mismo sitio, pero eso que parecía un lugar equivocado resultó ser la primera chispa para encender el faro de mis pasos en este planeta tan estrecho, que cuesta creer que sea un planeta.
Su tendencia caprichosa, su firmeza y sus frases colorantes marcaron el inicio de nuestro encuentro. Y digo colorantes, porque solían lograr que un torrente rojo se le subiera a uno al rostro. No sabría si era un caso de aguda pena ajena o un dejo de fiebre que ocurre cuando alguien dice lo que uno calla, lo que uno logra contener.
Pero Mariana se volvió deliciosa. No solo me refiero a su comida sino a esas conversaciones aventuradas en tiempos de abstinencia, que ocurrían en su sofá. También era deliciosa porque andar con ella acortaba avenidas y desvanecía los semáforos.
Mariana era alférez de vuelos ajenos; voz y voto en la punta del abismo; arrullo en días de temblor; verdad contraindicada y a destiempo; refugio postorgía; canción a dos voces en un bar; magia que hace metástasis, y firmamento para escribir abrazos infinitos.
Yo -que he creado y destruido tantas vidas- no hice tantas cirugías a la gente, como ella. Mariana operaba el alma, aunque también tenía dotes de esteticista y, en efecto, en su mente arregló a varias mujeres que parecían irrecuperables.
Con el tiempo, encontré en Mariana el máximo nivel de compañía. Era como llegar al último mundo de Mario Bros con todos los hongos y hasta con vidas en el bolsillo.
Creo que éramos una sola mente dividida en dos contradicciones armónicas que juntas creaban un fluir, un trasegar, un volar, un avanzar, un movimiento continuo como el soplo del universo.
Recuerdo nuestro último día en la universidad. El parqueadero estaba vacío, excepto por su carro. Quizás lo que sentí le dio ese tono, pues para mí fue una tarde gris, insonora y con un amargo sabor a distancia. Contrario a una pareja, planeamos cómo no separarnos. No había amor de por medio (siempre fue un sabor que omitimos en nuestra mesa), pero era una despedida de enamorados, de esas que alargan la mirada hasta ese punto casi infinito en el que el otro desaparece.
Prometimos no separarnos y lo logramos al estilo humano: separados a veces, cercanos otras veces, unidos en el fondo o mejor, por el fondo. De repente, salió el sol y crecimos y el mundo nos hizo tan antiguos como esa fuerza milenaria que nos unía.
Atrás quedó el tiempo de las tribus, de celebrar saltando los besos furtivos de Mariana con un rockstar (q.e.p.d.), de pararse en dos columpios con una pierna fracturada, de medir la puntería tirando piedras a las botellas, de fumarse el mundo un domingo, de celebrar el fin de año un día antes en “el bar de los amigos”, de tener en la silla de atrás a una mujer al borde de la inconsciencia.
Y aquí estamos… tan lejos y tan cerca. Con tantas vidas nuevas en el medio, perdidos en multitudes de rutinas y cotidianidades, en mares de recuerdos de aquel hombre esfinge que apagó su voz gruesa.
Y Mariana, que nunca dio pasos pequeños, hoy crece hasta donde llueven las estrellas.
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| Ahora brindo por tí |
Conocí a Mariana en una noche cualquiera, pero irrepetible y a la vez eterna, como lo es ella, como lo que ambos somos.


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