domingo, 10 de abril de 2011

Método estándar para desperdiciar la literatura - Parte II


Las Torres Gemelas habían caído y a muchos les causó escándalo, tristeza, sed de venganza o una profunda impresión. A mí me causó una metáfora… de amor, por cierto.
El mundo estaba hecho una locura (¿cuándo no?) y ese caos político, social, ideológico y militar también sucedía en mis sentimientos.


Cumplía un par de años, entre tormentas, terremotos, huracanes y sobredosis de amor cítrico, con una de las mujeres más dulces y ácidas que ha circulado por mis venas. De hecho, su apellido tenía un fuerte sabor a ácido ascórbico, a vitamina C, a atardecer en el campo, a árbol para subir y antojarse de un sueño.

Pero las cosas estaban lejos de ser fáciles con ella. Después de la montaña rusa de sus besos, generalmente llegaban grandes abismos, sin rieles, sin cinturón de seguridad y sin fondo. La verdad es que después de estar en la torre más alta del cielo, en minutos podía sentir en mis pulmones las llamas del infierno.

Era un problema de miedo. Ella temía apostarlo todo y fluir conmigo, debido a mis sombríos antecedentes amorosos. Mi magia negra actuaba en mi contra y pegaba los ladrillos de los muros que ella construía en medio de ambos.

Empezaba a culminar ese convulsionado 2001 y me llegó una invitación a un recital. En aquel entonces yo era un hombre sexualmente activo con la poesía y acostumbraba escribir mis textos a última hora. Así fue en esta ocasión y apenas dos horas antes del recital escribí unos siete poemas, dos de los cuales fueron mi mayor acto de fundamentalismo poético.

Entre mis juguetes estaba un poema escrito en un bombillo, del cual decía que era una idea que se me había ocurrido a última hora. Sin embargo, mi complot, mi atentado, eran un par de textos que leí al final, mirándola a ella, conspirando entre diástoles y sístoles para derribar sus miedos.

Modelos para armar
El primero comenzaba diciendo -si mal no recuerdo- “No soy Osama Bin Laden. No tengo barba ni dinero para tener un grupo terrorista…” y continuaba describiendo razones por las cuales no podría ser este líder talibán. Aún así, el poema narraba que yo quería cometer un atentado con un par de aviones.

Los gestos en el público iban de las risas a las preocupaciones. Ella -desde la tercera fila y al extremo de mi derecha- estaba despejada para mi mirada y parecía descansar cuando yo tenía que volver mis ojos al papel, como quien recarga un arma.

Mientras leía el segundo poema, yo ejecutaba un extraño, pero disimulado movimiento bajo la mesa. Esta vez, el texto afirmaba que el miedo que ella sentía era una gigante torre y que cuando sus ojos lo reflejaban era como si esa torre invencible, compacta e imponente se duplicara.

El auditorio se tornó de un exquisito amarillo verdoso, porque yo sólo miraba los ojos de ella.

Retiré la hoja del segundo poema e hice el extraño y disimulado movimiento bajo la mesa. El final de ambos textos lo escribí también en una hoja pequeña. Era una instrucción militar, una orden de combate en medio de esa guerra de los sentidos que es el amor, esa destrucción de los bordes de uno mismo para fundirse con el otro.

En esa hoja pequeña decía que desde las pistas de mi afecto le enviaba un par de aviones a sus ojos para así demoler sus miedos. Me levanté con ambos poemas doblados en forma de avión y se los llevé hasta su silla en tercera fila de mi derecha, hasta el vórtice de ese amarillo verdoso que titilaba cuando ella parpadeaba; hasta sus torres, donde el miedo pavimentaba de gris el brillo de su amor.

Los aplausos espantaron el trance. Por segunda vez pasé delante de unas 80 personas, ya sin los aviones que doblé bajo la mesa, y volví a mi puesto. Mi atentado se había consumado y el beso abrazado, que ella dibujó en mí al final del recital, sabía menos a miedo.

El otro vuelo
Pero los aviones no se quedaron con ella. Despegaron hacia las manos y los ojos de sus amigas, en un itinerario sin viaje de regreso.

Pasaron muchos tiempos. En unos estábamos juntos, en otros estábamos lejos, en otros estábamos cercanamente distantes y en varios éramos un solo tiempo. Alguna vez le pregunté si tenía los aviones, para poder trascribirlos, puesto que eran manuscritos. Su respuesta fundió mis turbinas. Me dijo que alguien más los tenía, que los iba a reclamar.

Duré con ella unos seis años y nunca los volví a ver. Comenzó la reconstrucción de las Torres Gemelas, en la Zona Cero de Nueva York, aún no atrapan a Bin Laden y los talibanes aún dan de qué hablar.

La única constancia de mi metáfora será este texto, porque pasó algo luego de que mis dos aviones volaron esa tarde y comenzaron a destruir los miedos de una mujer cuyo apellido tenía un fuerte sabor a ácido ascórbico, a vitamina C, a atardecer en el campo, a árbol para subir y antojarse de un sueño.

Pasó que su último vuelo fue hacia las turbulencias del olvido.

6 comentarios:

  1. Es una contradicción, Charz, decir que su último vuelo fue hacia las turbulencias del olvido y escribirle un texto de estos tantos años después. En uno de mis álbumes de fotos hay una imagen de ustedes dos con Manizales de fondo. Yo tenía la Pentax KM, el trípode nuevo y el rollo que por imbécil no había gastado en Medellín y ahí está la imagen que recuerdo de los dos, con la que decoraría el final de esta entrada en su blog si tuviera un escáner. Me encanta presenciar esas historias, saber que esta mujer compartía conmigo no sólo un amigo sino también un apellido con un fuerte sabor a ácido ascórbico.

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  2. Buen punto, mi querido Cosmo. Su reflexión sobre el último destino de mis aviones es acertada. Aún así, en el sentido más literal, los textos, la letras tejidas en medio de la euforia del amor, los dobleces de avión de cada página, lo tangible de esos poemas, todo eso voló hacia el olvido. Sin embargo, esta serie de textos para desperdiciar la literatura es un ejercicio de recordar y de inmortalizar, no los textos en sí sino su existencia y su esencia. En cuanto a la foto, la declaro objetivo militar. Usted sabe cuánto valoro esas memorias y más aún, de una gran mujer como ella. Maryx y Cosmo, gracias por leerme. Ustedes son parte.

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  3. ¿Por qué lanzar al olvido lo que alguna vez nos causó pasión y regocijo? … ¿No crees que sea mejor apagar esas turbinas, bajar los alerones y el tren de aterrizaje y dejar al menos en el recuerdo lo que alguna vez fue causa de euforia y alegría?
    Sería como retornar a nuestros sentimientos simples de la niñez, tal como lo recita Jairo Anibal Niño:
    - ¿Me haces un favor?
    - ¿Qué clase de favor?
    - ¿Quieres tener mi avioncitos durante todo el recreo?
    - ¿Durante todo el recreo?
    - ¡Si,si! Es que tu eres mi cielo.

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  4. A mi no me dieron ningún avioncito...

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  5. Aprovechando que publiqué ya la tercera parte de esta trilogía (http://charlyzbat.blogspot.com/2011/07/metodo-estandar-para-desperdiciar-la.html), les cuento que mi amigo David Ansermot me pasó hace unos meses la grabación del recital que describí en esta segunda entrega. Ya lo trascribí y lo estaré subiendo pronto. Como quien dice, tenemos la caja negra de este par de aviones.

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