Produje en mi adolescencia tantos textos como espermatozoides. Escribir era un ritual tan sagrado y diario como cualquier cosa que uno haga en el baño (de hecho, prefería escribir en el baño)...
“El poeta es un pequeño dios”, me dijo al oído Vicente García Huidobro y a mí se me hizo la luz. Lo tomé muy a pecho, muy a mente, muy a manos, y empecé a inventar mis palabras, mi amétrica y mi propio universo bilabioescénicotextual, al lado de David Ansermot y nuestros propios Poetas Malditos.
Pero hagamos ya el elipsis. En aquel tiempo -en el que la palabra tenía un valor impresionante porque era la red y el aforo del universo, porque era el relieve gramatical de aquellos mundos posibles que a todos nos persiguen- un profesor y 20 palabras raras del diccionario me hicieron escribir el primer cuento.
Tenía que ser una historia de amor, porque soy en esencia romántico. Tenía que ver con médicos, por mi atracción y frustración por el área de la salud, que incluso me hizo amante de batas, uniformes, pitufos y trajes de cirugía (o mejor, de esas bellas mujeres que los usan). Y obviamente tenía que ver con muerte, pues se podría decir que es un elemento de las líneas de mis manos, algo tan cercano a mí, que se convirtió en un gesto de mi rostro.
Tímidamente leí aquel necrofílico cuento en clase de Fastástica, una supuesta materia costura de primer semestre de Comunicación Social y Periodismo, que a muchos nos dejó bien cosidos los hilos de la imaginación y perfectamente tejida la pasión por escribir.
El profesor era ni más ni menos que el inventor de esa serie que marcó nuestra historia preadolescente de los 80: Décimo Grado. Su nombre era Juan Camilo Jaramillo López y tenía un arete en la oreja izquierda en el que brillaba un destellante deseo de no dejar de ser joven.
Al terminar mi lectura, llegó un aplauso y luego, Juan Camilo me dijo que estaba convencido de que yo sería escritor y que esperaba que le hiciera llegar un ejemplar de mi primer libro. No me detendré a hablar de la deuda que aún le tengo y que acaba de darme un taller de comunicación pública que revoluciona con el poder de la sencillez los precarios conceptos sobre este tema, que me dieron en la universidad.
Así de bueno era aquel cuento escrito a máquina y cuyo nombre creo que era Anatomía de una muerte perfecta. La tinta sobre las 5 u 8 hojas que componían esa historia me sonreía desde entonces como si fuera mi Quijote, como si fuera ese libro después del cual más vale morir para lograr la inmortalidad.
La sombra del naufragio
Pero tenía que atravesarse en mi camino una mujer morena, de ojos verdes, estudiante de medicina y dibujada por el destino con los mismos trazos con los que se dibujan las sombras. Cuán deliciosa es esa parte sombría de una mujer, qué bello es prenderle fuego para ver entre las penumbras, para ver cómo danzan las llamas de unos labios incendiados.
Tenía que leerle el cuento. Claro, es que se trataba de una estudiante de medicina, ávida de lecturas y con la sangre tan fresca como cae la lluvia en el pavimento.
Me invitó a su apartamento, a su cuarto. Entré como un cazador entra al bosque en el que esculpirá tantas muertes. Me senté en su cama y le leí aquellas páginas. Causó una estupenda impresión y me pidió que se lo prestara.
Al cabo de un rato, salí de allí. Salí tan ileso como llegué al mundo (y eso que fue un parto conflictivo). No me besó, no me tiró a su cama, no acaricié su espalda con mis manos, no mordí su cuello.
Lo único que hice fue dejar mi mejor cuento flotando en un mar de sábanas sobre su cama, a media luz, en medio de un olor verde a humedad de niebla, entre el sonido ondulante de la voz de ella anaranjando la tarde.
De hecho, jamás volví a ese lugar y jamás volvieron a mí esas intenciones gravitacionales hacia ella.
El tiempo mojó las hojas, destejió la tinta negra de máquina de escribir, desgarró las 20 palabras raras del diccionario que eran el esqueleto de la historia, dispersó los ardientes sueños de ser escritor, descuartizó las imágenes de amor, medicina y muerte de aquella historia.
Mi mejor obra había naufragado en aquella mujer, que era un océano inconcluso.
Me parece que esto completa mi nueva teoría sobre leer al otro usando separadores, pero que no queden olvidados señalando el momento literario suspendido. Si bien tu cuento, quedó sobre la cama de esa mujer, entonces no saliste ileso, porque en el cuento estabas tu extendido y diluido en tinta de máquina. A veces en los naufragios se descubren los tesoros. Muy bonito
ResponderEliminarMe acordaba de la materia, de los ejercicios, pero no del profesor, de su arete, de su nombre o de sus trabajos. Le apuesto que ha escrito muchas cosas mejores de ahí en adelante y que vienen muchas cosas aún. La literatura es un ejercicio diario y mejora con el tiempo, como la música. Apenas vamos para 30, amiguitos, el camino del escritor apenas está ahí al frente.
ResponderEliminarDe acuerdo con Sebas: "está ahí al frente" y seguro que vienen muchos más y muy buenas palabras, recuerdos con los que deleitarás a tus lectores. Es un placer leerte!
ResponderEliminar¿Oye, por qué te equivocas tanto de la misma forma? Esta no me la sabía, pero volvió a pasar!!! Me encanta leerte casi tanto como el zandungueo!! Así o más básica!! jajaja
ResponderEliminarLo primero es que este comentario -supongo- lo debiste hacer en la segunda parte, jejeje. Lo de básica, me alegra. Yo zandungueo y escribo estas vainas. No tengo vicios, no soy un ratón de biblioteca ni mucho menos un raro (como la mayoría de los que escriben). Nada como ser bien normalito y escribir bien normalito también.
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